Esta entrada tiene por nombre la palabra que se utiliza en el original hebreo para “ayuda”. Allá por los inicios Dios le dio al primer hombre por compañera una “ezer” idonea. (Génesis 2:18) Estudiando hace unas semanas esa palabra encontré lo siguiente: “eruditos apuntaron que la palabra ezer se usa más a menudo (dieciséis de las veintiuna veces) en el Antiguo Testamento para referirse a Dios como el que ayuda a Israel en tiempos difíciles. Así fue que ezer se elevó a “ayudador fuerte”… por lo que una investigación posterior indico que ezer es una poderosa palabra militar en hebreo… El ezer es un guerrero, y esto tiene implicaciones muy extensas para las mujeres, no solo en el matrimonio sino en cada relación, etapa y esfera de su vida”. Como se expresa un amigo: “¡Impresionante!”
A continuación quiero compartirles mis queridos amigOs un texto que escaneé del libro “Biografías de Grandes Cristianos”, que he estado leyendo en las últimas semanas. Y que me ha permitido conocer un poco sobre la vida de algunas ezers. Como la señora Rosalind, ezer idónea de Jonatán Goforth. A esta mujer y a su esposo, el 19 de enero de 1888, un grupo de creyentes que fue a despedirlos en el inicio de su viaje a la China les gritaban: “Adelante, soldaDOS de Cristo”.
(…) Jonatán Goforth se casó con Rosalind Bell-Smith. Acerca de ese acontecimiento, ella escribió lo siguiente: "Desde los veinte años de edad, comencé a orar pidiéndole al Señor que si El deseaba que yo me casara, que me dirigiese a un joven enteramente dedicado a El y a su servicio... Cierto domingo yo estaba presente en una reunión de obreros de la Toronto Mission Union. Un poco antes de comenzar la reunión, alguien llamó desde la puerta a Jonatán Goforth. Cuando él se levantó para ir afuera, dejó la Biblia sobre la silla. Entonces hice algo que nunca me he podido explicar, ni he hallado disculpas para ello; me sentí impelida a ir hasta la silla de él, tomé la Biblia y volví a mi silla. Al hojear rápidamente el libro, me di cuenta de que estaba muy gastado por el uso, y lo coloqué de nuevo en la silla de su dueño. Todo eso sucedió en un intervalo de pocos segundos. Allí mismo sentada en el culto me dije a mí misma: 'Ese es el joven con quien sería bueno que yo me casara.'
La joven continuó diciendo: "Ese mismo día fui designada, juntamente con otras, para abrir un punto de predicación en otra parte de Toronto. Jonatán Goforth estaba también incluido en ese grupo. Durante las semanas siguientes tuve muchas oportunidades de ver la verdadera grandeza de ese hombre, la que ni su exterior despreciable podía esconder. Así, cuando él me preguntó: '¿Quieres unir tu vida a la mía para irnos a la China?' yo, sin vacilar un solo momento, le respondí: 'Quiero.' Pero algunos días más tarde fue muy grande mi sorpresa cuando él me preguntó: '¿Me prometes que nunca me vas a impedir que coloque al Señor y a su obra en primer lugar, aun antes que tú?' Esa era la misma clase de joven que yo había pedido en oración, para que Dios me lo diese como marido, y firmemente le respondí: 'Prometo hacerlo siempre.' (¡Oh, cuán benigno fue el Maestro, al ocultarme lo que esa promesa significaba!)
"Pocos días después de haberle prometido lo que me pidió, vino la primera prueba. Yo siempre había soñado (como mujer que era) con el bonito anillo de casamiento que iba a recibir. Fue entonces cuando Jonatán me dijo: '¿Te disgustaría si no te compro un anillo?' Inmediatamente me explicó, con gran entusiasmo, cómo se esforzaba en la distribución de libros y folletos sobre el trabajo que se realizaba en la China. Quería economizar todo lo que le era posible para esa importante obra. Al oírlo y después de contemplar la luz de su rostro, las visiones de un anillo bonito se desvanecieron. Era mi primera lección sobre los verdaderos valores”.
Esta entrada debería de terminarla citando las palabras de otro amigo: “El que lee entienda”. Amigos, más nos vale entender. Porque personalmente empiezo a imaginarme… y me pregunto: “¿Habrán dos balas y no una?”. ¡Qui-jue! (Esto último no se trata de ninguna expresión en hebreo).